El agua de la paz

Fabien Léaustic sueña con la metamorfosis de la materia, su fuerza plasmática, su capacidad de dar forma más que casarse con una. El momento original es la tierra; es ella de donde se originan las plantas, es ella quien lleva el agua pero también la desvía, la resiste, la impregna. Mezclada con el agua, la tierra se convierte en pasta dúctil, arcilla, lodo. El fuego del horno o del sol convierte este lodo en una base para construir y destruir. Con fundación, el artista sabía cómo jugar con estas polaridades.

Los ladrillos que llevan la huella de una pistola hablan del suelo del que se extrae esta tierra. Estos evocan a México, un territorio acogedor que también fue un teatro de violencia, la de las primeras civilizaciones mexicanas, de la conquista española pero también la de nuestra vida cotidiana hoy como irónicamente le recuerdan esas pistolas para niños que juegan a “morir de verdad”. Fabien Léaustic se cuestionó indirectamente este asunto ya que fue el descubrimiento de las fábricas de ladrillos lo que lo llevó a pensar en ello.

Estos ladrillos hechos con arena, tierra y agua que se encuentran en la zona, se endurecen en el suelo sin protección, por lo que su proceso de fabricación depende mucho de las variaciones climáticas. “Mientras veía cómo estos ladrillos se secaban, dice el artista, enseguida vi un ejército”. Son 2200 sujetos que, juntos, conforman finalmente una pirámide de poco más de 5 toneladas, tan imponente como frágil, evocando como vanidad gigantesca el destino efímero de las civilizaciones frente a las fuerzas naturales más elementales.

Aguarte, la otra pieza también habla de guerra, “la guerra del agua”, en este caso, liderada por las superpotencias para monopolizar un recurso local esencial para las vidas de las poblaciones que se encuentran indebidamente limitadas ya que este bien común está monopolizado para la producción no solo de refrescos sino también de agua embotellada de manera industrial y exportada por multinacionales inescrupulosas. El gesto artístico aquí es simple: redistribuir esta agua de manera gratuita a aquellos cuyas vidas dependen de ella y que solamente pueden beberla si pagan 10 pesos por litro. Fabien Léaustic, al reutilizar los códigos gráficos de los vendedores de agua, usa la técnica de las pinturas murales muy populares en México. Para esta marca de agua creada por él, eligió como logotipo un detalle del plumaje del águila de la bandera mexicana pero, mediante una sutil inversión, le dio el color de las frutas sobre el cual el estado – rapaz ejerce su poder.

Su experiencia técnica, primero realizó sus estudios de ingeniería, combinada con su formación artística, le permitieron a Fabien Léaustic crear una fuente real a través del desarrollo de un sistema de almacenamiento de agua que, una vez purificada, permite aprovecharla durante el día en mayor cantidad. Un contrato entre la Fundación Casa Proal y la empresa responsable de la instalación y el mantenimiento del filtro garantizará esta operación por cinco años. Durante este período se le proporcionará más de un millón de litros de agua a la población, que equivale aproximadamente a 100.000 euros por año.

Podríamos pensar que el arte es la forma más elaborada con la que una civilización toma conciencia de sí misma. Esta forma de ver sin ser falsa es limitada y obsoleta. Los artistas no se contienen de mostrar o denunciar; ellos son los socios activos de las transformaciones sociales. Ellos elevan a una dimensión más alta lo que los administradores a menudo ven solo como un plan. Esta visión artística es cada vez más indispensable para nuestras sociedades cada vez más sometidas a la enfermedad de la rentabilidad y la eficiencia a corto plazo. No necesitamos menos sino Más sueños y cada vez más formas de compartirlos. Partiendo de un proyecto poético y ecológico, el hecho de purificar el agua, Fabien Léaustic le ha dado a su trabajo una dimensión social y económica que sin duda es más efectiva que cualquier decisión tecnocrática.

Gilles A. Tiberghien

FEBRERO – MAYO 2018

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