Elvia Teotski pudo haber trabajado en la quesería familiar o bien, sido especialista en plantas tropicales, ingeniera agrónoma, bióloga de laboratorio, botánica en algún museo o quién sabe cuántas cosas más. Ella se hizo artista, es decir, alguien que puede ser todo eso a la vez y cuya pluralidad de mundos atrae más que el universo especializado de una disciplina. Su campo de acción es lo vivo, sus ciclos conjugados, la fermentación, la eclosión y la descomposición. “Lo que más me fascina”, declaró alguna vez, “es el potencial de transformación que encierra cada forma orgánica y su resistencia a su propia degradación, como si nunca muriera». Elvia despliega su mirada en el espacio y en el tiempo, orientada hacia el pasado, así como hacia el futuro. Su interés por la arqueología no proviene de su viaje a México, donde hallo un terreno no lejos de las ruinas de Tajín. Se pregunta porqué no construir un templo-pirámide “a partir de viejos ladrillos extraídos del suelo por los arqueólogos, y del sedimento natural, el estuco”. Un monumento efímero a las cosas perecederas cuyas huelas no cesan de intrigarnos. Algo se encontraba allí, que creyó, se construyó, murió o fue abandonado. Los monumentos son huelas de las huelas que no se sabe con certeza qué significan, si acaso la presencia de lo que alguna vez fueron.
Pero el destino se dirige hacia lo que todavía no está allí, las transformaciones de los entornos naturales bajo los efectos de nuevas plantaciones y reconversiones agrícolas, monocultivos de cítricos y ganadería especializada. La científica puede disertar largo y tendido sobre ello, la artista que le extiende la mano va a trabajar por su lado con las imágenes y los materiales. En tres encofrados de madera que retoman cada uno el despiece de una excavación abandonada por arqueólogos, ella ha recogido residuos de tratamientos fitosanitarios y otros desechos, bolsas de plástico para enfundar racimos de plátano, bidones, cuerdas para amarar, quemadas en pilas y recolectadas en los bordes de las plantaciones y en unidades de acondicionamiento. Todo es sedimentado por ceniza, conchas de ostras, claras de huevo y mucílago del nopal a los cuales se la otorga de manera irónica, como a los estucados recuperados de los palacios devorados por las selva, la elevada dignidad de las huellas de las civilizaciones antiguas. Junto a ello, los restos de arquitectura o pedazos de edificios visible cerca de las excavaciones, en lugar de caer en ruinas, parecen – como aquellos descritos por Rober Smithson en Passaic- erigirse en ruinas incluso antes de ser construidos ( podemos pensar en alguna relación con su conferencia en el Hotel Palenque en Chiapas ). Los pilares están destinados a ser recubiertos de pitahayas y cactus. Las épocas se suceden, la tierra gira, los hielos se derriten y las aguas suben, los lugares donde vivir ya no tienen ningún sentido, la capa de ozono se agujerea por aquí y se repara por allá, los hielos se derriten y en el 2014 colocamos una placa conmemorativa en Islandia a la memoria de un glaciar que acaba de desaparecer. El primero mas no el último. Los cangrejos atraviesan la carretera elevando sus tenazas, muchos en días de plenilunio, para irse a reproducir, atentos a lo que se aproxima. Para muchos, sin embargo, no importa su sigilo, el destino los alcanza bajo los ejes de un camión que los aplastara antes de llegar al mar. ES la lotería de la vida: no por nada Elvia ha impreso su texto en un periódico que anuncia los resultados de la lotería, posiblemente como replica para una celebre canción: La vida es una tómbola…

Gilles A. Tiberghien ( Traducción del francés de Fatima Rateb)

2019


COMPARTIR