Al riesgo de la escritura

Empieza con todo, la novela de Daphné Tailleu: desde las primeras diez líneas, un tipo feo con “panza cervecera, una calvicie bien puesta justo al centro de su cabellera de borrego pelirrojo” y dotado con una “verga minúscula”, se coge a la narradora, loca por él. Enseguida se encadenan los problemas, los males planes, los amoríos de una noche y todo eso a mil por hora en el torbellino de una juventud que no le teme a nada y que tampoco es cínica, para nada, lo que constituye el gran encanto de este libro que sabe expresar la ingenuidad de una chica de 20 años que tiene la madurez de una mujer de treinta, ubicándose nuestra escritora residente entre las dos…
En este texto hay algo de novela de aprendizaje, educación sexual y educación sentimental entremezcladas. La narradora sueña con ser escritora al tiempo que se realiza como mujer a través del amor. Aun teniendo las dotes para ambas cosas, el resultado no está garantizado. “Cuando retomé mis clases, estaba desesperada. Hice el amor varias veces con mi editor –también era rapero, eso me parecía fabuloso– en la cabina de edición, luego, cuando comenzó a golpearme, me fui con otro chico, futuro locutor de radio famoso, me enamoré en tan solo un instante aquella noche en el Centro Cultural de las Almas Perdidas, esperé desesperadamente noticias suyas y luego, aquel muchacho vecino de mi abuela, quien después de penetrarme, se puso a gritar que extrañaba a su novia y que debía largarme inmediatamente”.
Esta búsqueda del amor puede tener aires de desesperación, si es que, tal y como lo confiesa la narradora desde el inicio, para ella “coger, es escapar de la muerte”. Afortunadamente el humor siempre está presente y la vida retoma el control después de cada mal paso. En el aspecto literario, se oye la voz del gran Henry Miller –asumido por la narradora y por la autora– y también la de Erica Jong, la de Jack Kerouac, Charles Bukowski y de otros que enfrentaron la vida sin medias tintas, para lograr una literatura que sacude al ritmo de jazz.
Esta autobiografía ficticia no deja de nublar las pistas al mezclar lo verdadero con lo falso cuando de repente, al voltear la página, surgen la Casa Proal y una narradora atrapada en este pueblo de San Rafael que desmerece comparado a la Cuernavaca de Bajo el volcán, de Lowry. Aquí, reconocemos personas, lugares, pero desde luego, todo es inventado. Aquí no hay estímulos intelectuales o artísticos como en otras ciudades de México pero, como bien dice la narradora, quien lo ha entendido: “hay demasiados plátanos, limoneros para entender que el misterio se desarrolla precisamente ahí: en su suelo”. La “ciudad monstruo” ocupa el imaginario de la narradora, quien regresa de vez en cuando a ella en medio de una naturaleza que la hace sentir aislada del mundo.
Después de la de Adèle Blazquez y Adam Baczko efectuada del 15 diciembre de 2016 al 15 de enero de 2017, esta es la segunda residencia para escritores de la Casa Proal. Pero es la primera que acoge a una autora de ficción. Daphné Taillieu ha cumplido el programa que anunció: escribir el principio de una novela y hacer escribir a los demás en los talleres de escritura. Se ofrecerá una lectura en español de quince páginas de Memorias de un cuarto de siglo, cuya publicación completa y traducción esperamos muy pronto.

Gilles A. Tiberghien

Junio – Septiembre 2018

AUDIO:

Inicio de la novela “Memorias de un cuarto de siglo” de Daphné Taillieu leído por la actriz Irene Esser.


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