Piratería y diversión

Eugénie Denarnaud es paisajista y artista, una doble habilidad que le permite ver la naturaleza como un campo de experiencia estética y una fuente de conocimiento. Pero las dos cosas a menudo van de la mano, como podemos ver fácilmente en los grandes herbarios del siglo diecisiete o dieciocho, que colocaban con rigor y con un sentido perfecto de la composición las plantas que iban a estudiar. Esta manera clásica de organizar el conocimiento y participar en taxonomías sutiles proviene de una antigua tradición que combina las organizaciones más rigurosas con inventos formales a veces sorprendentes. Pero esta nomenclatura latina llamada científica y neutral cubre una historia colonial en la que Eugénie Denarnaud también está interesada, incluida en el proceso de nombramiento de plantas que reemplazó los nombres nativos por otros derivados de la clasificación de Linneo. Un gesto de lo cual, hoy en día, no medimos bien la violencia.

Estas prácticas que pudieron enaltecer plantas de alto linaje que conseguiremos de nuevo en invernaderos reales, no corresponden a aquellas de Eugénie Denarnaud, que toma en cuenta sujetos más insignificantes como los tomates salvajes de aquí, llamados en la región de San Rafael, los “tchintallilos”, plantas no aclimatadas. Crecen donde uno no suele poner la vista, al costado de las carreteras, en intersticios, a menudo en áreas abandonadas. “Estas plantas encarnan la clandestinidad, lo imprevisto, lo impredecible”, dice la artista que las fotografía para afirmar la fortaleza de su resistencia. Porque, a pesar de que las técnicas de la agricultura moderna nivelan y estandarizan todo, estos “tchintallilos” se reproducen al mismo tiempo que se escapan del control vital que impone la organización industrial de nuestras culturas.

Esta organización también transforma las plantas, los árboles y las frutas en productos cuasi manufacturados, como estos racimos de plátanos envueltos en papel periódico reciclado y empacados en bolsas de plástico de colores. Este tipo de envolturas de plátanos, tipo Andy Warhol y Christo, podrían convertir estas plantaciones en figuras alucinadas de un museo de arte contemporáneo abandonado en el desierto. Pero estos plátanos bajo el ojo de Eugénie Denarnaud, se convierten, en realidad, en abstracciones de las cuales fue capaz de capturar los poderes metamórficos, entre esculturas y pinturas.

El papel periódico que envuelve la fruta también es un transmisor de información y consumo. Es, sobre todo, el medio de un discurso mediático que banaliza y suaviza el conocimiento y habilidades particulares de los cuales solo quedan signos sin ningún significado real; un “listo para pensar” (prêt à penser), como hablamos de un “listo para usar” (prêt à porter) que confisca la verdadera reflexión si ningún trabajo de investigación personal acompaña a la lectura. Este trabajo continúa para el artista de diferentes maneras: “mi proyecto”, dice Denarnaud, “tiene que ver con la huella. Recopilo, por medio de fotografías, herbarios, moldes. Capturo a través de estos tres medios un momento decisivo que hace posible la existencia de lo que se toma”.

Desde este punto de vista, no hay diferencia entre la herborización y la fotografía. Tampoco entre el arte y la ciencia. Ser artista también es encontrar las virtudes medicinales olvidadas de ciertas plantas, sus propiedades ocultas, sus valores curativos reservados para los magos de la tierra que usan cruces de caminos y, como los piratas, que desvían a los buques de carga de las industrias farmacéuticas para el bienestar estético y terapéutico de quienes viven más cerca de la naturaleza y saben cómo dialogar con ella.

Gilles A. Tiberghien

FEBRUARY – MAY 2018

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